Aprender es recordar. Así lo explica Platón, por boca de Sócrates, en el Menón:
«El alma, pues, siendo inmortal y habiendo nacido muchas veces, y visto efectivamente todas las cosas, tanto las de aquí como las del Hades, no hay nada que no haya aprendido; de modo que no hay de qué asombrarse si es posible que recuerde, no sólo la virtud, sino el resto de las cosas que, por cierto, antes también conocía. Estando, pues, la naturaleza toda emparentada consigo misma, y habiendo el alma aprendido todo, nada impide que quien recuerde una sola cosa —eso que los hombres llaman aprender—, encuentre él mismo todas las demás, si es valeroso e infatigable en la búsqueda. Pues, en efecto, el buscar y el aprender no son otra cosa, en suma, que una reminiscencia».
En la filosofía platónica hay una diferencia entre la reminiscencia (de anámnesis; ana-: de vuelta; y -mnesis: memoria) y el recordatorio (de hypómnesis; hypo: por debajo; y -mnesis: memoria). La reminiscencia es devolver a la memoria una idea que ya estaba dentro de ti, un proceso activo y transformador que exige esfuerzo. El recordatorio es traer a la memoria una idea gracias a una ayuda externa, un proceso pasivo que te deja indiferente.
Al final del Fedro, después de reflexionar sobre el amor y la retórica, Sócrates cuenta el mito del origen de las letras.
Theuth (o Thot) era el dios egipcio de la inteligencia, los jeroglíficos, la magia, las artes y la luna. Thamus era el rey de Egipto en aquel momento. El dios le presentaba al rey sus artes, explicando los motivos por los que debían ser entregadas al resto de mortales, y el rey juzgaba si merecía la pena compartir la invención con su pueblo. Cuando llegó el turno de las letras, el dios Theuth utilizó las siguientes palabras:
«Este conocimiento, oh rey, hará más sabios a los egipcios y más memoriosos, pues se ha inventado como un fármaco de la memoria y de la sabiduría».
A lo que el rey Thamus respondió:










