¿Por qué hacemos lo que hacemos?
¿Para conseguir poder? ¿Para tener sexo? ¿Para acumular riqueza? Si rascas bajo la superficie de los tópicos descubrirás un juego de constantes comparaciones.
Hacemos lo que hacemos por estatus. La frase molesta porque decirla te hace perder puntos. Preferimos hablar de propósito, aunque en el fondo busquemos ser aceptados por el grupo y ascender en la jerarquía.
Para el periodista Will Storr el estatus es un juego: el juego de la vida. En su libro The Status Game, explora su origen, sus normas y algunas ideas para ser mejores jugadores (o lo que es lo mismo, vivir mejor).
El estatus explica el ascenso del nazismo, por qué Paris Hilton es famosa, las excentricidades del presidente de Turkmenistán y el error del comunismo. A estas y otras muchas ideas para entender(nos) un poquito mejor vamos a dedicar esta edición de La Biblioteca Infinita.
Tu bienestar está en juego
La historia de Ben Gunn nos enseña su importancia.
Con 14 años, Ben jugaba con otro niño cuando se le escapó un secreto. Si salía a la luz, la sociedad le rechazaría. Sin pensarlo, Ben golpeó al niño con la pata de una silla de acero. El niño murió tres días después de la paliza. Tenía solo 11 años.
Ben fue condenado a prisión. Allí se sacó una licenciatura en Política e Historia y fue nombrado secretario general de la Asociación de Presos. También se hizo vegano «no tanto por moral como por tocar las narices».
Ben ayudó a otros presos a pelear contra el sistema y construyó su identidad alrededor. Era el abogado de la cárcel.
Después de cumplir su condena, hizo de todo para seguir preso. Ni la libertad ni la posibilidad de irse a vivir con la profesora de la que se había enamorado eran suficientes. Salir de la cárcel implicaba perder su identidad y su estatus, y nadie quiere convertirse en un don nadie.
Después de tres años escribiendo un exitoso blog que le permitía ser alguien fuera de la cárcel, Ben fue liberado. Tenía 47 años.
Nuestro bienestar depende tanto del juicio constante de quienes nos rodean como del oxígeno o del agua. Por eso jugamos, sacrificando incluso nuestra libertad, porque cuanto más alto ascendemos, más probabilidades tenemos de vivir, amar y procrear. Y cuanto más bajo caemos, peor es nuestra salud y antes morimos.
El psicólogo Robert Hogan comparte el lema del juego: get along and get ahead. Llevarse bien y progresar. Alcanzar la aprobación y conseguir la aclamación. Ser aceptado y ascender en la jerarquía.
Las recompensas son relativas.
No nos sentimos mejor cuando conseguimos más.
Nos sentimos mejor cuando conseguimos más que quienes nos rodean.
Se necesita imaginación
La vida es un conjunto de juegos inventados alrededor de símbolos. Nuestra cabeza imagina y cuenta relatos. En ese mundo imaginado somos el héroe; más justo y más virtuoso que el resto de jugadores. Las historias que compartimos con el grupo son el terreno de juego.
El reloj caro, el discreto logo en un bolso de lujo, la expresión facial, el contacto visual, la postura… Asignamos valor a lo que nos rodea y lo convertimos en símbolos. La conciencia funciona como espejo social. Emociones como la vergüenza, la culpa y el orgullo son indicadores internos que complementan los símbolos externos. Estos símbolos y emociones forman el marcador que nos dice cómo lo estamos haciendo.
Las reglas se transmiten por los genes y la cultura. El investigador Oliver Scott Curry identificó siete normas morales que parecen cumplirse en cualquier lugar del planeta: ama a tu familia, ayuda a tu grupo, devuelve los favores, sé valiente, obedece a la autoridad, sé justo y respeta la propiedad de otros. Codificadas en nuestro ADN, estas reglas ponen el interés del grupo por delante del interés del individuo. Nuestros genes nos empujan a cooperar porque cuanto más anteponemos el grupo a nosotros mismos, mayor estatus y mejor vida.
Cada lugar y tiempo tiene sus particularidades culturales. En Occidente, por ejemplo, somos más individualistas y en Oriente son más colectivistas. El cerebro poda neuronas durante la infancia para adaptarse a la cultura local.
La tentación es creer que estás por encima del juego, pero hasta el que se va a un retiro de meditación lo hace para sentirse mejor consigo mismo, compartir con los demás su iluminación y creerse superior espiritualmente. La forma de dejar de jugar es encerrarte en una habitación y nunca salir para contarlo. No desearía esa vida ni a mi peor enemigo.
Tres formas de jugar
Dominio, virtud y éxito; cualquier juego de estatus es una mezcla de estas tres categorías.
En los juegos de dominio, como la mafia, el estatus se obtiene mediante la fuerza y el miedo. Estos son los juegos que predominaban hace dos millones y medio de años, hasta que vivir en comunidades cooperativas se convirtió en una mejor estrategia de supervivencia. Entonces, la fuerza bruta dejó de ser tan útil y los machos más violentos fueron ejecutados o condenados al ostracismo.
El estatus pasó de imponerse por la fuerza a ser otorgado libremente por la tribu. Aprendimos a ganar prestigio mediante la virtud y el éxito. En los juegos de virtud, como la religión, el estatus se otorga a los jugadores que demuestran lealtad y cumplen las normas. En los juegos de éxito, como los deportes, el estatus se gana siendo útil y competente mediante conocimiento, habilidad y talento.
Para jugar a estos nuevos juegos desarrollamos la reputación y el habla. Algunas teorías apuntan a que la capacidad de hablar nos permitió chismorrear y, con ello, crear reputaciones. La reputación es la versión simbólica de un individuo que está en la cabeza de los demás; para entendernos: qué piensas tú de cada persona que te rodea y qué piensa cada persona que te rodea de ti.
Esa transición de dominio a prestigio nos ha permitido construir complejas civilizaciones como en las que vivimos. ¿El precio a pagar? Nuestra enfermiza obsesión por lo que los demás piensan de nosotros.
Imitamos al prestigioso
Imitamos a los jugadores más prestigiosos con la esperanza de subir de rango. Para elegir a quién copiar, buscamos cuatro tipos de señales: similitud, habilidad, éxito y prestigio.
Buscamos personas que tengan nuestra misma edad, raza y género.
Buscamos personas que parezcan competentes.
Buscamos personas que posean símbolos de su éxito, como un colgante con el diente de una presa o un doctorado.
Y buscamos a personas que reciban la atención y el respeto de quienes nos rodean.
De todas estas señales, la más fiable no es el dinero ni las posesiones, es la capacidad de influencia.
Esta imitación basada en señales puede catapultar a personas sin habilidad ni éxito notables. Aparece el estatus sin mérito. Atendemos a alguien solo porque los demás le atienden, y a su vez esa atención atrae más atención. A este bucle de retroalimentación, Storr lo llama efecto Paris Hilton.
Cuando la clase baja imita, como ocurrió con los duelos a muerte, la actividad deja de ser prestigiosa y la clase alta la abandona, en busca de nuevos símbolos para diferenciarse de la plebe.











