Las aventuras de Ulises (I)
El regreso a casa de un hombre astuto y con propósito
La Odisea narra el regreso a casa de un hombre astuto y con propósito. Ulises, después de diez años luchando en Troya, pasa otros diez fuera de su hogar antes de poder regresar con su familia. Su viaje todavía nos sigue emocionando porque Homero consiguió capturar en palabras la naturaleza humana. El viaje del héroe.
Los filólogos dividen la obra en tres partes: el viaje de crecimiento de Telémaco, las aventuras de regreso de Ulises y la venganza. Después de El viaje de Telémaco en busca de un camino propio, vamos a por la primera parte de las aventuras de Ulises.
Ulises lleva siete años cautivo en la isla de Ogigia. Atenea pide a los dioses que le dejen volver a su hogar. Zeus acepta y envía a Hermes a la isla para iniciar el regreso. La ninfa Calipso, para que se quede, le tienta con la inmortalidad, la juventud eterna y su belleza. El héroe rechaza sus promesas. Prefiere su imperfecta vida mortal, rodeado de su familia.
«Sé muy bien que mi mujer, Penélope, no es tan bella como tú. No es más que una mujer mientras que tú eres una inmortal. Aún así ansío volver y no puedo pensar en otra cosa».
Ulises construye una balsa y se lanza a navegar. Poseidón, que estaba fuera mientras los dioses permitían el regreso del héroe, alza los vientos y remueve el mar. La balsa se parte en pedazos. Ulises se abraza con fuerza a una de las tablas para no terminar ahogado. Las aguas le arrastran hasta la isla de los feacios. Allí, Nausícaa, hija del rey, le ayuda a llegar hasta el palacio de su padre, el rey Alcínoo. Ulises se presenta como un forastero desconocido y es recibido con la hospitalidad propia de la cultura griega. El héroe descansa, come, bebe y hasta demuestra su habilidad lanzando un disco en los juegos. Al cantar los bardos las historias de la guerra de Troya, Alcínoo se da cuenta de que el forastero llora y le pide que se presente. Ulises revela su nombre y narra sus aventuras tras la guerra.
Las aventuras de regreso
Primero fueron a Ismaro, la ciudad de los cícones. La saquearon y se dividieron el botín. Celebraron un banquete en la costa, ignorando el consejo de Ulises de partir cuanto antes. Los cícones volvieron con refuerzos y les atacaron. Ulises y sus hombres huyeron, aunque algunos compañeros murieron por el camino.
Después de nueve días navegando, atracaron en una isla. Al llegar, Ulises mandó a tres de sus compañeros a explorarla. Los habitantes de esa isla, llamados lotófagos, les ofrecieron la flor de loto. Al probarla, los hombres se sumergieron en una pacífica apatía, olvidando quiénes eran y su propósito. Ulises les obligó por la fuerza a regresar a los barcos, los ató y continuaron el viaje.
Llegaron al país de los cíclopes. En la costa divisaron una cueva rodeada de laureles y la curiosidad de Ulises le empujó a conocer a su habitante, pues quería saber si los cíclopes eran hospitalarios o salvajes e incivilizados como se decía. Cogió a sus doce mejores hombres y una ánfora de vino, y entraron en la cueva. El cíclope, llamado Polifemo, volvió de pastorear a su rebaño de ovejas y cerró la cueva con una enorme piedra. Después de preguntar a Ulises y a sus hombres de dónde venían, se comió a dos de ellos y se durmió. Al despertar, engulló a otros dos, movió la piedra de la entrada y se fue.
Ulises trazó un plan. Cogieron una madera verde de olivo que había en la cueva, la afilaron y la escondieron. En cuanto el cíclope volvió por la noche, devoró a otros dos hombres. El astuto rey de Ítaca le ofreció el vino que había traído y el cíclope bebió, bebió y bebió. Antes de acostarse, le preguntó a Ulises por su nombre. El héroe respondió: «Me llamo Nadie».
Con Polifemo borracho y dormido, Ulises eligió a cuatro de sus hombres, con quienes calentó la punta de la madera al fuego para luego clavársela a Polifemo en su único ojo. Gritó con tanto dolor que el resto de cíclopes de la isla corrieron a la puerta de su cueva preguntando si todo estaba bien. Polifemo respondió: «¡Nadie me mata con engaños, Nadie me mata con violencia!». Al escucharlo, los demás cíclopes volvieron a sus cuevas mientras Ulises reía, celebrando el éxito de su engaño.
Para que nadie escapara, Polifemo se quedó en la entrada de la cueva palpando todo lo que salía. Ulises ideó una nueva genialidad: cada uno de sus hombres se abrazaría al vientre de uno de los carneros para escapar. Lo lograron y, ya en el mar, Ulises desveló a Polifemo el engaño. Para vengarse, el cíclope intentó hundir la nave con una piedra (que falló por muy poco) y rogó a su padre Poseidón que dificultara (todavía más) el viaje de regreso del héroe.
De la isla de los cíclopes fueron a la isla de Eolia, donde Eolo, señor de los vientos, regaló a Ulises un odre con los vientos rugientes y envió un viento favorable para que pudieran regresar a casa. Al décimo día, divisaron las costas de Ítaca. Ulises estaba tan cansado que se quedó dormido. Sus hombres, movidos por la curiosidad y la envidia, quisieron ver el botín que contenía el odre que Eolo había regalado a su capitán. Al abrirlo, los vientos desataron una tormenta que les llevó de vuelta a Eolia, donde esta vez Eolo les negó la ayuda, pues pensaba (con razón) que algún dios odiaba a Ulises. Y nunca conviene tener a los dioses en contra.
Remaron durante seis días y seis noches y terminaron en la isla de los lestrigones. Ogros, no hombres, que cuando descubrieron que tenían visita lanzaron enormes piedras desde los acantilados de la costa para hundir los barcos. Solo uno sobrevivió a la masacre.
Los supervivientes llegaron a la isla de Eea. Desde lo alto, Ulises vio un bosque que rodeaba una casa, de la que salía humo. Dividió a sus hombres en dos grupos, uno a su cargo y el otro a cargo de Euríloco. Echaron a suertes qué grupo iría a explorar y el destino eligió al de Euríloco. Al acercarse a la casa, escucharon una voz melodiosa y decidieron llamar. Les abrió la diosa Circe, quien les ofreció una mezcla de queso, miel, harina y vino, a la que había añadido veneno. Cuando se la bebieron, Circe convirtió a los hombres en cerdos y los encerró en las pocilgas. Euríloco, quien prudentemente había decidido quedarse fuera, corrió a la nave de Ulises a informar de que algo iba mal.
Obligado por el deber, Ulises fue a casa de Circe. Por el camino se le apareció el dios Hermes, quien le ofreció unas hierbas contra el veneno de la diosa y le dijo cómo recuperar a sus hombres (amenazando a Circe y acostándose con ella). Así, Ulises consiguió liberar a sus compañeros. Pasaron doce meses celebrando banquetes en casa de la diosa hasta que, cansado de celebrar sin sentido, Ulises pidió a Circe volver a Ítaca. La diosa accedió, pero antes tendrían que visitar a los muertos para consultar al espectro del adivino Tiresias.
Las promesas de una vida supuestamente perfecta intentan desviar nuestra atención de lo importante: lo humano e imperfecto. La ninfa Calipso tentó a Ulises, pero él tenía claras sus prioridades («no hay nada más querido para un hombre que su propia patria y sus padres»).
Nuestro tiempo está repleto de flores de loto. Estas distracciones te sumergen en una pacífica apatía, te hacen olvidar quién eres y cuál es tu propósito. El feed de contenido infinito personalizado para que te dejes llevar. El chat que aplaude hasta tus peores ideas para que te sientas listo sin esfuerzo. Para sacarte del trance, Ulises te agarraría del pelo y te traería de vuelta al barco. La vida está ahí fuera, esperándote. No olvides quién eres ni cuál es tu propósito, aunque todavía lo estés buscando.
Los griegos llamaban metis a la capacidad de resolver problemas con inteligencia práctica. Ulises ejemplifica esta cualidad y el engaño a Polifemo es una de las situaciones donde más brilla. Su astucia le permite superar los difíciles retos del camino. Bueno, su astucia y el favor de los dioses, porque si algo enseña la Odisea es que la vida es incontrolable. Fuerzas que nos sobrepasan rigen nuestro destino.
Escribió Constantino Cavafis, en ese poema precioso que es Ítaca: «A los lestrigones y a los cíclopes, al fiero Posidón no encontrarás, a no ser que los lleves ya en tu alma, a no ser que tu alma los ponga en pie ante ti». Nadie quiere destruirte. No tienes enemigos. Es tu cabeza quien los inventa para rellenar la falta de propósito. No caigas en la tentación. No empieces una cruzada imaginaria. Desde fuera te parece ridículo quien lucha contra molinos. Cuidado, no vayas a estar haciendo lo mismo.
Sergio-.
Continuará.
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