Al atravesar el espejo de su casa, Alicia entra en un extraño mundo en el que se está jugando una loca partida de ajedrez. La joven se encuentra con la Reina Roja y, sin pensarlo mucho, decide que también quiere ser reina.
Para conseguir su nuevo objetivo, Alicia debe empezar siendo un peón y llegar a la octava casilla. La Reina no le da ni un instante para pensarlo, la coge del brazo y empieza a correr.
La escena que narra Lewis Carroll está repleta de lecciones:
«Alicia nunca logró entender del todo, al pensarlo después, cómo fue que empezaron: lo único que recuerda es que corrían cogidas de la mano, y que la Reina iba tan deprisa que a ella le costaba todo su esfuerzo seguirle el paso; y aun así la Reina no dejaba de gritar “¡Más rápido! ¡Más rápido!”, pero Alicia sentía que no podía ir más rápido, aunque no le quedaba aliento para decirlo.
Lo más curioso del asunto era que los árboles y las demás cosas que las rodeaban no cambiaban de sitio en absoluto: por muy deprisa que fueran, nunca parecían dejar nada atrás. “¿Será que todas las cosas se mueven con nosotras?”, pensó la pobre Alicia, desconcertada. Y la Reina pareció adivinarle el pensamiento, porque gritó:
—¡Más rápido! ¡No intentes hablar!
No es que Alicia tuviera la menor intención de hacerlo. Sentía que nunca más podría volver a hablar, de tanto que se estaba quedando sin aliento; y aun así la Reina gritaba “¡Más rápido! ¡Más rápido!” y tiraba de ella.
—¿Falta poco para llegar? —consiguió jadear Alicia por fin.
—¡Que si falta poco! —repitió la Reina—. ¡Pero si lo pasamos hace diez minutos! ¡Más rápido!
Y siguieron corriendo un rato en silencio, con el viento silbándole a Alicia en los oídos y casi arrancándole el pelo de la cabeza, o eso le parecía a ella.
—¡Ahora! ¡Ahora! —gritó la Reina—. ¡Más rápido! ¡Más rápido!
Y fueron tan deprisa que al final parecían deslizarse por el aire, sin apenas tocar el suelo con los pies, hasta que de pronto, justo cuando Alicia estaba ya del todo agotada, se detuvieron, y se encontró sentada en el suelo, sin aliento y mareada.
La Reina la apoyó contra un árbol y le dijo con amabilidad:
—Ahora puedes descansar un poco.
Alicia miró a su alrededor con gran sorpresa.
—¡Pero si yo diría que hemos estado bajo este árbol todo el tiempo! ¡Todo está igual que antes!
—Pues claro que sí —dijo la Reina—. ¿Cómo querías que estuviera?
—Bueno, en nuestro país —dijo Alicia, todavía jadeando un poco—, por lo general se llega a otro sitio… si se corre muy deprisa durante mucho tiempo, como hemos hecho nosotras.
—¡Un país bien lento! —dijo la Reina—. Aquí, como ves, hace falta correr todo lo que puedas para permanecer en el mismo sitio. Si quieres llegar a otra parte, ¡tienes que correr por lo menos el doble de rápido!»
Cada semana aparecen nuevos avances en inteligencia artificial. Cada día se publican decenas de podcast sobre temas interesantes. Aparecen newsletters nuevas hasta debajo de las piedras. Y ese ritmo frenético y cada vez más acelerado contagia al aprendizaje y a la lectura de libros.
Seguramente ni hayas leído el fragmento completo de Alicia a través del espejo. Al menos eso piensa Claude, que me ha sugerido recortarlo doscientas cincuenta veces. He decidido dejar la escena entera porque hay detalles interesantes que no encontrarás si te cruzas con el efecto de la Reina Roja en una lista de modelos mentales. Y porque creo en otro tipo de lectura.
Leer rumiando
Hace un par de años me crucé con esta cita de Nietzsche:
«... para practicar de este modo la lectura como arte se necesita ante todo una cosa que es precisamente hoy en día la más olvidada... una cosa para la cual se ha de ser casi vaca y, en todo caso, no hombre moderno: el rumiar...»
Schopenhauer defendía una idea parecida:
«No se llega a rumiar, y sabida cosa es que, sólo rumiando, se asimila uno lo que ha leído. Si se lee continuamente, sin pensar más en ello, las cosas así leídas no toman cuerpo y raíz en la mente, y se pierden en gran parte».
En las nuevas plataformas leemos, en lugar de rumiando para digerir las ideas, engullendo. Tenemos que terminar ese tweet para poder pasar al siguiente. Escaneamos las newsletters para poder dejar la bandeja a cero. Saltamos de un texto a otro, sin detenernos a procesar lo que acabamos de ver. Vivimos (y leemos) como si estuviéramos montados en unas escaleras mecánicas que nos empujan en la dirección contraria. ¿Quién tiene tiempo para pararse a pensar?
La necesidad de tener que correr es en gran parte una ilusión. Puedes llegar tarde al último avance de la inteligencia artificial. Puedes dejar de leer Twitter y no ser el primero en enterarte de la manifestación. Puedes darte de baja de la mayoría de las newsletters que lees y de los podcast que escuchas. Tu vida seguirá igual. Me atrevo a decir que incluso mejorará. Porque podrás dedicar el tiempo y la atención que la mayoría pasa engullendo información que mañana estará obsoleta, a rumiar ideas importantes.
Para mí, una de esas ideas es la atención. Y el mejor medio para entenderla y recuperar su soberanía es leer buenos libros rumiando, acompañándolos de reflexiones, prácticas y encuentros. Esa es precisamente la propuesta de Viaje: un club de lectura con esteroides para dominar tu atención.
Hemos dedicado el mes de septiembre a rumiar las ideas de Cómo leer un libro, de Mortimer Adler.
La tesis de Adler es que los libros pueden ser los mejores maestros si sabes cómo acercarte a ellos. Inspeccionar un libro, entenderlo en profundidad, criticarlo o hacer que varios libros hablen entre ellos sobre lo que a ti te interesa no son habilidades intuitivas que aprendamos por arte de magia. Primero tienes que descubrirlas y después tienes que encontrar a alguien que te las enseñe.
Durante las últimas cuatro semanas hemos practicado con varios ejercicios los diferentes niveles de lectura que propone Adler. Esos ejercicios desaparecerán de Substack pasado mañana a las 20:00, cuando envíe el primer cuaderno de Viaje.
Sergio-.



Me gusta aprender
Tienes la razón completamente.