Byung-Chul Han ha elegido a Simone Weil como el hilo conductor de uno de sus últimos libros. Rosalía ha incluido una de sus frases en la edición física de su último disco. No es casualidad que en esta era de distracciones, polarización y falta de sentido estemos recuperando su pensamiento.


Esta edición es la introducción al pensamiento de Weil que me hubiese gustado encontrar. Como la mayoría de los grandes pensadores, Weil es difícil de etiquetar y resumir. Yo he elegido estas cinco ideas como puerta de entrada.
1. La atención
«La atención es la forma más rara y más pura de la generosidad».
Para mí, la atención es el hilo más importante de su obra y el más necesario en los tiempos que corren. Aparece en sus primeros escritos, en sus cartas desde la fábrica, en sus ensayos sobre la escuela y en sus últimos cuadernos.
Solemos pensar que atender es apretar, fruncir el ceño, contener la respiración y tensar los músculos. Pero Weil habla de otro tipo de atención: «el mayor de los esfuerzos quizá, pero un esfuerzo negativo». Atender es esperar, suspender el pensamiento y dejar espacio para que llegue la verdad. Su motor, en lugar de la voluntad, es el deseo; un deseo de verdad, de bien y de belleza.
Weil pensaba que «la formación de la facultad de atención es el objetivo verdadero y casi el único interés de los estudios». Cuando resolvemos un problema de matemáticas o escribimos un ensayo, lo importante no es la solución ni la nota, sino el esfuerzo de atención que nos prepara para atender a lo verdaderamente valioso.
En su grado más alto, la atención es generosidad, amor y oración. No hace falta que creas en Dios para entenderlo. Rezar, para Weil, es llevar la atención hasta su extremo y dirigirla hacia lo que nos supera. Y esa misma atención, vuelta hacia otra persona, es la forma más pura de amor. Exige vaciarse de uno mismo para recibir al otro tal como es, sin juzgarlo ni apartar la mirada. Nada lo hace tan difícil como la desdicha.
2. La desdicha
«Cosas que desempeñan el papel de los hombres, hombres desempeñando el papel de las cosas; es la raíz del mal».
En 1934, Weil pidió una excedencia de su cómodo puesto de profesora de filosofía para trabajar durante más de medio año en varias fábricas de París. Quería vivir en sus propias carnes la condición obrera. Pensaba que la experiencia despertaría su rebeldía, pero nació en ella «una docilidad de bestia de tiro resignada».
Imagina por un momento que eres un obrero de una fábrica de los años treinta.
Te mueven el miedo, el dinero y la velocidad. La máquina va más rápido que tu pensamiento y las órdenes llegan en cualquier momento, sin réplica posible. Tu tiempo no te pertenece. No ves el fruto de lo que haces. Terminas el día con el cuerpo y la mente agotados, sin haber puesto nada de ti en el trabajo.
En esas condiciones, la atención no tiene un objeto digno de ella. Se ve obligada, escribe Weil, a concentrarse en «un problema mezquino, siempre el mismo». Pensar se convierte en algo insoportable y aparece la tentación de dejar de hacerlo.
De su experiencia en la fábrica nace la idea de la desdicha, que va más allá del sufrimiento. La desdicha es el aplastamiento del alma. Para protegerse, la mente del desdichado se engaña a sí misma y crea zonas prohibidas por las que el pensamiento no se atreve a caminar. Por eso la desdicha es tan difícil de conocer, incluso para quien la padece.
La desdicha tiene una doble relación con la atención. A quien la sufre, le arrebata la capacidad de atender. A quien está cerca, le exige la atención más alta, porque el desdichado calla o se queja en falso, y nadie puede oírlo si antes no se vacía de sí mismo para recibirlo. Por eso Weil escribe que prestar atención a un desdichado «es casi —o sin casi— un milagro». Y el gesto más difícil de todos es preguntarle al otro, de verdad, «¿Cuál es tu tormento?».
Hay instituciones incapaces de escuchar la respuesta.
3. Contra los partidos políticos
«Casi en todas partes, la operación de tomar partido, de tomar posición a favor o en contra, ha sustituido a la obligación de pensar».
Los partidos políticos, para Weil, ignoran las necesidades de las personas. Lo escribió alguien que se involucró en la política desde bien joven, ganándose el apodo de «la virgen roja». Militó en sindicatos, dio clases a obreros, convenció a sus padres para alojar a Trotski en su piso de París y en 1936 se unió a la columna anarquista de Durruti en la guerra civil española.
En uno de sus últimos textos (Nota sobre la supresión general de los partidos políticos), Weil se hace una pregunta que casi nadie se plantea: ¿por qué tenemos partidos? Nos hemos acostumbrado tanto a ellos que parecen inevitables, pero «el hecho de que existan no es de ninguna forma un motivo para conservarlos». Para juzgarlos, Weil propone tres criterios: la verdad, la justicia y la utilidad pública.
Un partido es una máquina de fabricar pasión colectiva, una organización construida para presionar el pensamiento de sus miembros. No cumple ninguno de los tres criterios porque su único fin es crecer sin límite (ningún partido cree tener demasiados votos, demasiados afiliados o demasiado dinero). De esta forma, lo que debería ser un medio para servir al bien común se convierte en un fin en sí mismo. Por eso, escribe Weil, «todo partido es totalitario en germen y en aspiración».
Quien entra en un partido acepta posiciones que ni siquiera ha pensado y empieza a decir «como socialista, pienso que…» o «como conservador, pienso que…». Escribe Weil:
«¡Resulta tan cómodo! Porque esto no es pensar. No hay nada más cómodo que no pensar».
No se puede buscar la verdad y, a la vez, defender la postura de un grupo. La verdad solo llega a quien la desea en el vacío, «sin intentar adivinar por adelantado el contenido», pero el dogma del partido llena ese hueco antes de que llegue la verdad.
La propuesta de Weil es suprimir los partidos y que los candidatos no digan «soy de tal partido», sino «pienso tal cosa sobre tal problema»; desprendernos de las etiquetas y las categorías y volver a pensar por nosotros mismos.
Pero acabar con lo que aplasta el pensamiento de las personas no es suficiente. El alma también necesita un lugar donde echar raíces.
4. Echar raíces
«El arraigo es quizá la necesidad más importante y más desconocida del alma humana».
En 1943, ya en Londres, la Francia Libre encargó a Weil pensar cómo reconstruir el país cuando terminara la guerra. De ese encargo nació Echar raíces. Camus, que lo publicó años después, dijo que era imposible imaginar un renacimiento de Europa que no tuviera en cuenta las exigencias de Weil.
El libro empieza dándole la vuelta a cómo nos acercamos a la política, poniendo los deberes delante de los derechos. Porque el derecho de uno es la obligación de otro. Un ejemplo: mi derecho a no pasar hambre no vale nada si nadie se siente obligado a darme de comer. Por eso, en lugar de preguntarnos qué nos deben los demás, deberíamos empezar por preguntarnos qué necesita el otro.
Y una de las necesidades más ignoradas del alma es echar raíces:
«Un ser humano tiene una raíz en virtud de su participación real, activa y natural en la existencia de una colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos de futuro».
Echamos raíces en un lugar, en un oficio, en una lengua o en una tradición. Echamos raíces en todo lo que nos une a quienes vinieron antes y a quienes vendrán después. Sin esas raíces, perdemos aquello que da sentido a lo que hacemos y los medios ocupan el lugar de los fines. El dinero es el ejemplo más claro. Valorar un oficio o una comunidad exige esfuerzo y atención; contar dinero, no. Y por eso gana la batalla: «Nada tan claro y simple como una cifra».
La escuela también puede desarraigar cuando lo que dirige la atención de los jóvenes son las notas y la obediencia. Repetimos que la Tierra gira alrededor del Sol, pero dejamos de mirar las estrellas. Acumulamos datos, como la capital de Brasil, sin acercarnos a la verdad. Para que la verdad llegue hay que desearla: entrar en contacto con una realidad que nos importe más allá de una cifra.
Pero ni las raíces más profundas bastan para elevar el alma. Para eso hace falta algo que venga de fuera.
5. La gravedad y la gracia
Weil murió en agosto de 1943 en un sanatorio cerca de Londres, con solo 34 años. Antes de dejar Francia había confiado sus cuadernos al filósofo Gustave Thibon, quien seleccionó fragmentos y los publicó en 1947 con el título La gravedad y la gracia.
La idea de partida es que el alma cae, como la materia. Tendemos a devolver el daño que recibimos, a apartar la mirada de quien nos necesita y a esperar una recompensa por cada buena acción. Esa es la gravedad. La gracia es su excepción. Weil llama así a lo que no podemos fabricar, solo recibir, y que siempre viene de fuera, como la luz que necesita una planta para crecer.
Forzar la gracia es imposible. Solo podemos dejarle espacio para cuando se presente. El problema es que la gravedad tiende a llenar cualquier vacío. Ante una ofensa, imaginamos la venganza. Ante una espera, sacamos el móvil. La propuesta de Weil es soportar el vacío sin taparlo y esperar a que llegue la luz. Es la forma de atención de la que hablábamos al principio: «esa atención que es tan plena que hace que el “yo” desaparezca». Weil llama a ese proceso descreación.
La belleza es una de las fisuras por donde se cuela la gracia. Ante lo bello no queremos que nada cambie. La tentación es fotografiarla, comprarla, poseerla y consumirla. Si en lugar de eso nos quedamos contemplándola, sin buscar salidas, el deseo se transforma poco a poco en amor y nace «un germen de la facultad de atención gratuita y pura».
Para Weil, ese amor no es un refugio donde esconderse de la realidad, sino la forma más alta y pura de mirarla. Como reza la frase que Rosalía eligió para su disco: «El amor no es consuelo, es luz».
Para profundizar
Esta edición es solo la puerta de entrada. Si eres de los que van más allá de la superficie, en Viaje estamos leyendo y trabajando (con reflexiones y ejercicios) una selección de textos de Weil sobre la atención. Después seguiremos con otros grandes pensadores que la han explorado, como Epicteto, Buda o Thoreau. Puedes unirte ahora y empezar a cultivar tu atención desde ya.
Si prefieres profundizar por tu cuenta, te recomiendo estos cuatro textos de Weil:
«Reflexiones sobre el buen uso de los estudios escolares» (en A la espera de Dios)
Sergio-.




