En los 90, David Foster Wallace imaginó un entretenimiento tan entretenido que las personas morían incapaces de dejarlo. Lo convirtió en el hilo conductor de su novela La broma infinita. Nosotros tenemos el scroll infinito.
Internet está repleto de joyas enterradas bajo el torrente de actualidad que priorizan los algoritmos. Una de esas joyas es la entrevista de 2003 que Foster Wallace dio para la televisión alemana ZDF. En ella explica la exigencia de la lectura y la evolución de la cultura.
«La lectura exige estar a solas, en una habitación tranquila, y tengo amigos, amigos inteligentes, a los que no les gusta leer porque les produce no solo aburrimiento, sino una especie de angustia que surge, creo, ante la idea de tener que estar solos y en silencio. Y eso se nota cuando entras en casi cualquier espacio público de Estados Unidos.
Ya no hay silencio. Ponen música por todas partes. Y es fácil reírse de esa música, porque suele ser horrible, pero me parece significativo que ya nunca queramos que haya silencio.
Y a mí, no sé si podría defenderlo, me parece que tiene algo que ver con que, cuando sientes que el propósito de tu vida es complacerte, conseguir cosas para ti y no parar nunca, hay otra parte de ti que no recibe ningún alimento: esa parte que casi tiene hambre de silencio, de calma, de pensar muy a fondo en una misma cosa durante quizá media hora en lugar de treinta segundos.
Y se hace notar en el cuerpo, como una especie de angustia aquí dentro.
Creo que es cierto que aquí, en Estados Unidos, la cultura se vuelve cada año más hostil. Y no digo hostil en el sentido de enfadada.
Cada vez es más difícil pedirle a la gente que lea, o que mire una obra de arte durante una hora, o que escuche una pieza musical compleja que cuesta esfuerzo entender. Hay muchas razones, pero sobre todo es porque ahora, con la cultura de los ordenadores e internet, todo va tan rápido. Y cuanto más rápido va todo, más alimentamos esa parte de nosotros [la que solo busca complacerse], pero no alimentamos la parte a la que le gusta el silencio. La que puede vivir en el silencio».
Paradójicamente, esa soledad y ese silencio que nos exige la lectura nos acercan a los demás.
«[…] cuando leo algo bueno y auténtico, soy capaz de saltar ese muro del yo y habitar a otra persona como no podemos hacerlo en la vida corriente.
Y cuando habito a esa otra persona, muy a menudo lo que piensa, dice o siente se parece mucho a lo que yo pienso, digo o siento, cosas por las que temo que haya algo raro en mí, porque a mí me pasan y a nadie más. Ese tipo de comunión y de empatía da un consuelo tremendo. Y luego se complica más, porque también accedo a la mente del autor de una forma en que no podemos acceder el uno al otro solo hablando, como ahora.
La mayoría de mis amigos a los que no les gusta leer lo encuentran, primero, aburrido y, segundo, solitario y lento. Y yo no lo entiendo.
Porque ver la televisión, para mí, aunque sea más fácil, es mucho más solitario. Ver imágenes planas en una pantalla plana haciendo cosas interesantes, y que a menudo son muy fáciles de mirar, es muy distinto de saber cómo es estar dentro de la piel de otra persona, o de saber cómo es pasar dos horas con un autor que, de algún modo, consigue hacerme sentir que sé lo que es.
A mí me parece una forma de magia».
Leer no es más aburrido que deslizar tus ojos por la pantalla. Leer es más exigente, pero también te devuelve más a cambio. Te enseña que hay otros como tú, te acerca a ellos y te ayuda a entenderlos y a entenderte.
Dos años después de esta entrevista, Foster Wallace daría su famoso discurso de graduación en el Kenyon College. Entre las palabras de This Is Water se encuentran un par de párrafos imprescindibles para quienes buscamos recuperar la soberanía de nuestra atención en esta era de distracciones.
«Aprender a pensar significa en realidad aprender a ejercer cierto control sobre cómo y en qué piensas. Significa ser lo bastante consciente y estar lo bastante atento como para elegir a qué prestas atención y elegir cómo construyes el sentido a partir de la experiencia. Porque si no eres capaz de ejercer este tipo de elección en la vida adulta, estarás completamente jodido. Piensa en el viejo tópico de que “la mente es un sirviente excelente, pero un amo terrible”».
«La libertad verdaderamente importante implica atención, consciencia y disciplina, y ser capaz de que te importen de verdad los demás y de sacrificarte por ellos una y otra vez, de mil maneras pequeñas y nada glamurosas, cada día.
Esa es la verdadera libertad. Eso es estar educado y entender cómo pensar. La alternativa es la inconsciencia, la configuración por defecto, la carrera de la rata, la sensación constante y corrosiva de haber tenido, y perdido, algo infinito».
La soledad de la lectura te enseña a ejercer cierto control sobre cómo y en qué pensar. Elige más a menudo el silencio de la página escrita frente al ruido del scroll infinito.
Sergio-.
Esta semana en Viaje
Viaje es el club de lectura para recuperar nuestra atención. Aquí practicamos la lectura profunda de la que hablaba Foster Wallace.
Esta semana hemos empezado el segundo bloque del plan de aprendizaje. Ya están disponibles los textos seleccionados de Simone Weil y el domingo recibirás la primera reflexión y el primer ejercicio.
Si todavía no estás dentro, puedes echar un vistazo a la propuesta y unirte.
Llegué a esta entrevista de David Foster Wallace gracias a Joan Gallardo, el último invitado del podcast.
Joan es mentor, escritor, gran lector y viejo amigo. En esta conversación charlamos sobre la lectura profunda como ocio de calidad, sobre por qué ni los resúmenes ni los audiolibros son lo mismo, sobre cómo sacar tiempo para la lectura, sobre los hábitos más infravalorados de los grandes lectores, sobre lo que hace únicos a los escritores rusos y sobre cómo crear mecanismos para dejar de perder tanto tiempo en redes sociales.
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